El pasado 11 de febrero se celebró el Día Internacional de la Mujer en la Ciencia. Así lo decidió la Asamblea General de Naciones Unidas en 2015. ¿El objetivo? Lograr la igualdad. Impulsar el acceso de las mujeres y la participación de las niñas en la ciencia.
El pasado 11 de febrero se celebró el Día Internacional de la Mujer en la Ciencia. Así lo decidió la Asamblea General de Naciones Unidas en 2015. ¿El objetivo? Lograr la igualdad. Impulsar el acceso de las mujeres y la participación de las niñas en la ciencia reconociendo que la última pandemia nos ha demostrado la necesidad de más ciencia que nunca y de la transcendencia de la participación de las mujeres. ¿Es un capricho? No, sencillamente se trata de justicia social. Porque existe la necesidad de justicia social allá donde existe una desigualdad, allá donde existe una brecha que, como consecuencia de la crisis que estamos atravesando, podría ser aún más profunda. El aprendizaje no entiende de género. Ni la ciencia. Ni la sostenibilidad. Y es la evidencia y la experiencia la que sostiene este argumento.
Actualmente, los tiempos de incertidumbre que vivimos nos motivan a pensar en los siguientes pasos del camino: analizar qué puede hacer una compañía con sus productos y servicios para abordar las urgencias globales de nuestro tiempo; para fortalecer una debilidad social que mejorará el entorno y cerrará brechas al mismo tiempo que cumple con sus objetivos corporativos.
Una de esas urgencias globales, como la necesidad de igualdad, lo es también el cambio climático, la sostenibilidad, el cuidado de nuestra biodiversidad. Pienso en el término ESG (Environmental, Social and Governance, por sus siglas en inglés). Es decir, en la generación de valor sostenible cuando el entorno se encuentra en plena transformación. Hablamos también del resultado de la implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS). Y pienso en los ODS, porque realmente son una oportunidad para las empresas si los incorporan en su estrategia de negocio a medio y largo plazo. No solo conseguirán transformar sus organizaciones, modernizarlas o hacerlas más competitivas. No solo conseguirán adaptar sus negocios a la realidad y a la agenda internacional. Conseguirán un impacto en la sociedad más justo. Necesario.
En palabras de Charles Handy, «una empresa tiene sentido si mejora la vida de las personas y no sólo piensa en obtener beneficios propios». En estos momentos, la humanidad se encuentra ante una de las etapas más apasionantes de su historia reciente, ante la verdadera oportunidad de realizar una auténtica transformación real, sostenible, eficiente. Y es una verdadera oportunidad que entraña una verdadera responsabilidad.
Sin duda alguna, es el tiempo de transformar: de transformar los modelos de negocio, de transformar las bases de nuestro modelo productivo, de transformar el empleo para crear más y mejores puestos de trabajo. Estamos ante la oportunidad de aumentar nuestras redes de apoyo; de impulsar el talento de las mujeres, que es el talento de más de la mitad de la población; de revolucionar nuestra información para generar más conocimiento compartido.
No estamos aquí para que nos digan cómo va a ser el mundo. El sector privado, en colaboración con el tercer sector, estamos invitados a trabajar conjuntamente para que nuestras hijas y nuestros hijos vivan en un espacio justo socialmente. Para que tengan un entorno, un país, un planeta mejor que el que nosotras recibimos.
Nos enfrentamos a una convivencia sobre los pilares de la incertidumbre donde los grandes desafíos globales están en juego. Nos enfrentamos a un gran reto donde todo está interconectado. Las empresas que acepten este desafío, que busquen generar valor a largo plazo, serán las protagonistas de la construcción de un mundo mejor, de un planeta con futuro y de un mundo más igual con una mayor justicia social.
Por Begoña Gómez
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